Yo, Fray Alfonso Roderico de Loarca me he comprometido a llevar una crónica de mis andanzas con mi compañero germano Bastorrok, a fin de que nuestras aventuras no caigan en el olvido y sirvan como guía a otros esforzados aventureros. Es el 814 de la era de Nuestro Señor.
14-4-814: Caminado por uno de los cuidados senderos del Sacro Imperio Germánico me encuentro un formidable espécimen de ser humano. Musculoso, rubio y de ojos castaños dice llamarse Bastorrok, nombre que dado su reciedumbre y su altura le viene como anillo al dedo. La razón de nuestro encuentro es que el se halla huyendo de las fuerzas
del “orden” de la baronía de Moulberg (una panda de mercenarios ateos). Yo le explico que la razón de mi viaje es la visita de mis hermanos frailes por estas tierras. Tras esta alusión averiguo que Bastorrok no es muy buen creyente; es más, no se ha acercado a la iglesia desde su bautizo. ¡En fin, una oveja descarriada que habrá que devolver al rebaño!. Dado que llevamos el mismo rumbo, nos dirigimos hacia el este siguiendo el sendero.
Al cabo de una hora distinguimos una columna de humo blanco. Ya que andamos por una zona ligeramente boscosa supongo, con acierto como se vería, que procede de una posada. Cuando conseguimos divisarla corta el aire un terrible grito de dolor, procedente del interior de la fonda. Nos precipitamos hacia la puerta, y al entrar vemos un panorama desolador: sillas tiradas al buen tuntún, mesas volcadas, cubiertos rotos… En el centro de este caos un hombre vestido con ropas humildes y un mandil, el posadero supongo, rodeado por cinco hombres encapuchados. En el momento en que irrumpimos en la sala el que parece ser el encapuchado jefe degüella al posadero, lo cual es un error, porque nos enfurece. El jefe nos ve y dice algo sobre “sin testigos” y los cuatro sicarios nos atacan. Yo entretengo a dos, mientras que Bastorrok, con un aullido escalofriante, se lanza contra los otros dos infortunados. Con un movimiento de espada se carga a uno y dice “esto va a ser como cortar salchichón”, ya que los encapuchados no van armados. Tanto Bastorrok como yo tenemos una noción de lo que significa “pelea limpia”, pero sabiamente decidimos que no se puede aplicar en una proporción de dos a uno. Poco después otro sicario cae y Bastorrok avanza contra el jefe. Yo aún sigo luchando contra mis dos adversarios y he encajado un par de golpes. Al contrario que mi compañero de lucha no he podido aprestar mis armas, por lo que estoy luchando con una silla. Además mi fuerza proviene del Señor, y se da a conocer en la Palabra y en mis habilidades especiales, poderes que no deberían ser utilizados con patanes como estos. Sin embargo a pesar de mis problemas veo las intenciones homicidas de mi compañero y le aviso que quiero al jefe vivo a ser posible. Bastorrok me hace caso y propina a su adversario una tremenda patada en el vientre. El jefe de los encapuchados cae al suelo escupiendo sangre (para mí que se lo ha cargado). Bastorrok se dirige en mi ayuda y al poco rato queda sólo un sicario en pie, el cual decide juiciosamente rendirse. Mientras Bastorrok le ata a una silla yo hago un somero repaso a los caídos.
Todos han muerto. Interrogamos a nuestro prisionero pero cuando al fin nos va a decir algo una flecha lo atraviesa, matándolo al instante. Salimos fuera rápidamente y vemos al arquero, otro encapuchado, intentar huir a caballo. Bastorrok, todavía bajo los efectos de la sed de batalla comete una estupidez: le arroja el algo más de un metro de acero que es su espada. En cualquier otra batalla esto no habría dado resultado positivo alguno, pero claro estamos hablando de un germano increíblemente fuerte. La espada atravesó de parte a parte al arquero. Una vez acabado con el arquero volvemos al interior de la posada, donde recibimos otra desagradable sorpresa: dos de los “cadáveres” han desaparecido. Después de nuestro inquietante descubrimiento oímos el ruido de dos caballos saliendo al galope. Nos tranquilizamos cuando me doy cuenta de que los encapuchados llevan cota de mallas, por lo que he de suponer que un par de ellos se decidieron hacer las víctimas mortales del brutal y efectivo ataque de Bastorrok. Añadiendo un poco más de bálsamo de la tranquilidad descubro que uno de los huídos era el jefe de los encapuchados, lo cual calma considerablemente las dudas acerca de mi compañero de fatigas. Dado que ya no había nadie que nos ofreciera la información necesaria decidimos investigar un poco por el edificio a ver si encontramos algo útil. Bastorrok decide registrar la planta baja y yo me dirijo al piso superior, donde nuestros esfuerzos se ven recompensados. Encuentro una puerta cerrada. Al llamar una temblorosa voz femenina me ordena que me largue. Tras largos parlamentos, tanto con la fémina como con Bastorrok, que quería entrar por el método más expeditivo posible (patada a la puerta y tentetieso), conseguimos que la dama nos abra la puerta. Fue como si una nube oscura se alejara y dejara ver el sol con todo su esplendor. Ante nosotros estaba una graciosa damisela de poco menos de veinte años, de pelo trigueño, bellos ojos azules y una esplendorosa figura, poco agraciada con el humilde vestido que llevaba. Tras tranquilizarla un poco, y un tanto intimidada por la imponente figura de Bastorrok, accede en confiar en nosotros. Dice llamarse Elisa y afirma ser la hija del posadero. Llegados a este punto lamenté tener qué informarla sobre la suerte de éste. Tanto Bastorrok como yo nos rendimos ante sus lágrimas y le prometimos intentar descubrir al causante de todo, pero antes necesitábamos saber cuáles eren, si es que las había, las razones de este ataque, a lo cual Elisa respondió con esta extraña historia, que he escrito aquí tal y como la contó:
“Hace ya poco menos de diecinueve años cuando mi padre recibió la extraña visita de un tipo raro con una cicatriz en su cara, que nos dejó una niña pequeña y dos bolsas de oro, e hizo prometer a mi padre que la cuidaría como a su hija. Y así lo hizo, pues María creció como mi hermana. Cada cierto tiempo aparecía una bolsa de oro en la puerta. Mi padre nunca nos dijo de donde procedía ese oro, pero teníamos la sospecha de que tenía algo que ver con mi hermana adoptada, que en paz descanse. Sí, María y mi madre murieron el año pasado´víctimas de la Peste. Esto es todo lo que sé. Quizá estos hombres vinieron atraídos por las historias que circulaban sobre los extraños envíos de oro a mi padre, quizá no. Ahora sólo me importa descubrir a los culpables y darles su merecido.”
Tras contarnos esta historia tan extraña, Elisa se ofreció a acompañarnos, puesto que su familia había perecido, y ella no se quería quedar sola en una posada tan aislada. Mientras ella recogía sus cosas, Bastorrok descubrió un trío de caballos, sin duda de los atacantes, y se dedicó a reunir provisiones para el viaje cogiendo las viandas de la posada, previo consentimiento de la ahora dueña del local, y yo dí cristiana sepultura a los muertos, cerciorándome antes de que ésa era su auténtica condición. Al cabo de un rato Elisa echó la llave al local, cogimos los caballos, y seguimos el rastro reciente de los fugados.
Anochece. Tras más de media jornada de incesante persecución hemos de descansar. Poco más adelante se distinguen las agradables luces de una taberna. Resignados, nos dirigimos a ella pensando que mañana será otro día. Nada más llegar una de las ventanas parece explotar cuando un tipo la atraviesa. Sorprendidos, tardamos un rato en controlar a nuestras monturas. Apenas recuperados de la sorpresa vemos como un tipo montado en un caballo de guerra y con ropas caras (¿un noble quizá?) Sale de la taberna al galope. Juzgando que en plena noche y con los caballos agotados no podemos iniciar una persecución descabalgamos. Elisa se queda con los caballos, Bastorrok, enarbolando su espada, entra a saco en la posada y yo me arrodillo al lado del tipo que atravesó la ventana. Sus rasgos están deformados por las heridas del cristal de la ventana, y por algo más, pero que no soy capaz de identificar. Y está muerto. Bien muerto. Cuando me levanto advierto con sorpresa una herida en el costado, sin duda provocada con un instrumento cortante manejado por alguien con mucha fuerza. Temiendo lo peor me fijo en sus ropas, esforzando la vista bajo la escasa luz, y distingo una capa negra… con una capucha. ¡Es uno de los tipos a los que perseguíamos. Siguiendo la linea de mis sospechas entro en el edificio. Me encuentro una sala cálidamente a cogedora, aunque algo oscura. No veo a Bastorrok por ningún lado y la sala está bastante desordenada. Sentado en una mesa está el cabecilla de los encapuchados, agonizando. Oigo cómo Elisa entra tras de mí. Rápidamente me dirijo hacia el moribundo. No tiene ninguna herida visible, y sus rasgos están retorcidos en una mueca de indecible dolor. Con un gesto de sospecha olisqueo su bebida. Vino y algo más. Supongo que es veneno. En ese momento el agonizante individuo murmura una palabra “Moulberg”, abre los ojos desorbitadamente y expira. Elisa da un
grito. Ha descubierto el cadáver del tabernero, muerto por el mismo veneno. En ese momento surge de la trastienda Bastorrok con un jarra enorme de cerveza en su mano izquierda y una hogaza de pan y un jamón ensartados en su espada. Dice no haber encontrado a nadie más, pero sí la despensa; ya se sabe, “El muerto al hoyo, y el vivo al bollo”. Dicho esto va a dar un largo trago a su cerveza, pero llego a tiempo de impedírselo (nota al margen: no volver a sobresaltar a Bastorrok nunca más), advirtiéndole sobre el respeto a los muertos, muertos que han sido envenenados. ¿Dije antes que Bastorrok no era una persona muy religiosa?. Me costará un gran trabajo, pero conseguiré devolverle al buen camino. Sin embargo su razonamiento no está extento de verdad y, tras el funeral de las tres víctimas, registramos la taberna. Encontramos ricas viandas y espumosa cerveza de cierta calidad, además de un buen número de piezas de cobre que, espero, nos sean de utilidad en nuestra misión. También había vino, pero dados los acontecimientos lo dejamos correr. Para asegurarme recité el Ensalmo de la Purificación, que libraría de sustancias nocivas, o pútridas, a nuestra cena. Tras esta opípara cena nos fuimos a acostar. La noche paso sin incidentes dignos de mención.
15-4-814: Diez de la mañana. Un nuevo día. No estoy acostumbrado a levantarme tan tarde, pero nos acostamos anoche también tarde. Bastorrok tiene cierta resaca por beber demasiada cerveza anoche. Yo tengo cierto dolor de cabeza, debido sin duda a lo tardío de la hora cuando me acosté. Bastorrok murmura algo sobre la cantidad de cerveza que bebí anoche, algo relacionado con las esponjas. Debe de estar aún bajo los efectos de una mala noche. Elisa, a pesar de ir vestida como un muchacho, está encantadora, y su presencia es como un rayo de sol en una mañana nublada: bello e inspirador. El día ha amanecido claro y luminoso, y no tenemos dificultad en seguir las recientes huellas. Sin embargo hacia el atardecer perdemos las huellas al adentrarnos en terreno rocoso. Tras una breve deliberación decidimos viajar a la cercana baronía de Holwig, donde quizá encontremos información sobre la baronía de Moulberg y podamos dejar a Elisa en un lugar seguro, ya que los Howlig son enemigos tradicionales de los Moulberg. Si bien podríamos habernos dirigido a la propia aldea de Moulberg, teníamos dos problemas: por alguna razón desconocida alguien de Moulberg, alguien rico o relacionado con los propios barones, quería a Elisa. En segundo lugar no olvidemos que Bastorrok es un hombre buscado en esta baronía, y viajar hasta los propios pies del castillo de Moulberg no era, ni mucho menos de su agrado. El anochecer nos alcanza poco antes de llegar al río que separa las dos baronías, con lo que decidimos acampar. Bastorrok y yo nos dividimos los turnos de guardia. De nuevo una noche tranquila.
16-4-814: Tras otro bello amanecer, nos levantamos a las siete de la mañana. Bastorrok se queja de la falta de cerveza, o aún mejor, de vino para desentumecerse por las mañanas. Yo le reprendo diciéndole que la bebida es el origen de todos los vicios, y que más le valdría mantenerse alejado de ella para conservar su salud. Bastorrok replica murmurando no se qué de quién se bebe el sobrante de la Sangre de Cristo una vez ha acabado la misa, y que suele sobrar mucho… Elisa pone orden. Lamento estas discusiones banales ante ella, ya que hace sólo dos días que perdió a su padre. Y he de reconocer que un poco de vino las mañanas entona el alma y la prepara para recibir mejor la Liturgia Vespertina, que suele darse a las cuatro de la mañana, mira por donde. Tras un par de horas de viaje llegamos al puente. Ésta es una de las múltiples veces que me he tenido que arrepentir del desconocimiento de las leyes locales. ¡Dios mío, qué tasas, qué pillaje! ¡Y pensar que con sólo cruzar el río por un vado situado a un par de millas río arriba nos habría salido gratis! Pasado este mal trago y entrada ya la tarde llegamos a la propia Holwig. A fin de no perder el tiempo nos dedicamos a la investigación de Moulberg, investigación que fue, como yo temía, vaga e infructífera, en el mejor de los casos. Sin embargo logré enterarme de que un viejo ermitaño vivía en una solitaria colina al lado del río, a una milla del tan odiado puente, siguiendo a contra corriente. Parecía un buen lugar donde esconder a nuestra querida Elisa. Solitario, apartado y bajo la tutela de un hombre entregado a Dios. Partiremos al amanecer. Mientras buscamos posada Bastorrok me insinuó algo sobre que el se iba de juerga a un burdel, a dilapidar algunos cobres. Yo me opuse tajantemente a la idea, argumentando que mientras Elisa estuviera bajo nuestra responsabilidad había que dar buen ejemplo. Bastorrok respondió en voz baja e iracunda, si es que alguien que tiene un tono de voz que parece una declaración de guerra en sus momentos más suaves puede hablar en voz baja, que qué sabía un eunuco de juergas, y yo contesté airadamente una frase de la que me arrepentí al momento y que es demasiado fuerte como para reproducirla en un texto. Bastorrok tardó un rato en digerirla y, rojo como la sangre iba a contestarme otro tanto, cuando Elisa se presentó en la posada. Inmediatamente la tormenta se disipó bajo sus benéfica sonrisa. Quizá sea difícil el que Bastorrok vuelva al rebaño, pero lo que es indudablemente más sencillo es que aprenda modales y que se comporte correctamente ante una dama, concretamente ante nuestra amada Elisa. Poco después Bastorrok y yo olvidamos nuestras diferencias y le invité a una botella de vino, prometiéndole que le enseñaría cómo evitar cierta enfermedades venéreas, y donde se podían encontrar los mejores burdeles. Bastorrok, sorprendido, me preguntó de donde demonios había sacado yo tales informaciones. Yo le respondí que el trabajo de un sacerdote es lidiar con el pecado, y para luchar contra un enemigo has de conocerle bien. La realidad es que los sacerdotes no tienen por que hacer Voto de Castidad, a menos que le quiera ofrecer al Señor un sacrificio que en tiempos más bárbaros se hacía matando un animal y quemándolo, o bien cuando se instalan en un lugar fijo, a fin de no alterar la buena marcha de la comunidad. El único Voto obligatorio era el de Obediencia. El de Pobreza es también muy seguido, pero el menos “popular” es el de Castidad, sobre todo en los Sacerdotes Aventureros, entre los que se incluía mi humilde persona. Pasó otra noche sin incidencias (por lo visto el algo más de un metro que tiene Bastorrok de hombro a hombro intimida a los ladrones, salteadores y demás ralea.).
17-4-814: Proyectado para hoy teníamos la visita al ermitaño. Cuando llegamos nos encontramos con un anciano delgado, de larga barba blanca y brillantes ojos chispeantes. Vestía un raído hábito gris y se apoyaba en un nudoso bastón de madera inidentificable. Sin perder tiempo le explicamos nuestro problema y el deseo de dejar a Elisa en buenas manos. En ese momento la mirada se le encendió y dijo que podría darnos cierta información… a cambio de un generoso donativo. ¡Oh, Señor, cómo está Tu iglesia! Ofendidos en grado sumo decidimos largarnos con Elisa. No me habría gustado dejarla en manos de tan ruin compañía. Volvemos a Moulberg, esta vez cruzando el río por el vado.
19-4-814: Anochece. Por fin hemos llegado a Moulberg. Nos hospedamos en una posada bastante regular y dejamos para mañana los planes de cómo entrar en el castillo, donde sin duda lograríamos resolver el misterio de Elisa.
20-4-814: Otro radiante día. Se me ha ocurrido una idea bastante interesante para introducirnos en el castillo de Moulberg. Echando mano de nuestros cada vez más exiguos fondos nos hacemos con unos trajes de saltimbanquis y de bufones. Mi idea es disfrazarnos con esos trajes para entrar en el castillo, recoger la información posible y escapar antes de que nuestra condición de farsantes sea descubierta. El plan es aceptado y, una vez camuflados nos dirigimos al castillo sobre las once de la mañana. Sin embargo hasta el plan más perfecto tiene fallos e imprevistos, y nuestro caso no iba a ser una excepción, pues tuvimos la mala fortuna de encontrarnos con el séquito de Sir Hugo de Moulberg, barón de la localidad. Éste es un joven de unos veintipocos años. No parece muy robusto y tiene unas extrañas manchas oscuras en los dedos y en los labios. Tiene buen gusto en cuestión de vestimenta, y usa mercenarios extranjeros como tropas de choque y guardaespaldas. Le acompaña un extraño individuo, enclenque y de largos y finos dedos. Su consejero, he de suponer. Para entrar en el castillo Sir Hugo nos pide que le hagamos una demostración de nuestras habilidades. Bastorrok, que, aún conociendo su carácter batallador, parece intentar ocultarse de los mercenarios del barón, comienza a hacer juegos malabares con unas cuantas piedras. Elisa canta con su melodiosa voz. Yo, tras una cierta vacilación, me doy a conocer como un genial narrador de historias. Sir Hugo parece complacido y nos invita a que alegremos el banquete de esta noche.
Nos hospedaremos en la torre Norte. Al pasar en dirección a nuestros aposentos no podemos de dejar de percatarnos de que una de las puertas tenía una guardia de dos soldados. Nos acompañaba el consejero de Sir Hugo, el cual contestó a nuestras preguntas en relación a este suceso. Se trataba del otro “inquilino” de la torre, el cocinero. Había sido confinado allí por intentar envenenar al barón. Entonces recordé las extrañas manchas que lucía Sir Hugo; ¿sería posible que se estuviera muriendo? Dejando de lado estas inquietantes cuestiones, llegamos a nuestros aposentos. Comenzamos a preparar nuestros planes, que ultimamos hacia media tarde. Lo primero sería interrogar secretamente al cocinero. Creo que la gente castigada tiende ha hablar más de los trapos sucios de su señor. Luego acudiríamos al banquete y realizaríamos nuestra actuación lo mejor que pudiéramos. Una vez el castillo estuviera en reposo haríamos una visita a los archivos del lugar, a fin de recabar aún más información. Estaba seguro, el misterio de Elisa sería resuelto hoy. Escaparíamos del lugar entre Maitines y Laudes (entre las 3 y las 5 de la madrugada).
Daba la casualidad de que la ventana del prisionero estaba justo debajo de la nuestra. Con una cuerda Bastorrok me bajó hasta allí. Entre en una oscura y vacía habitación, si se exceptúa el bulto de ropa que había bajo la ventana, y que suponía que era el prisionero. Me introduje con sigilo en la habitación y, tras cerciorarme de que no había nadie en ella, sacudí al prisionero para despertarle. Éste se levantó con dificultad y me miró. ¡¿Cuál no sería mi sorpresa al verle una cicatriz que le cruzaba la cara?! Una vez explicado el asunto “Caracortada” (no me dijo su nombre) me contó la historia. Antes de ponerla por escrito advertí que este tipo tenía más planta de luchador que de cocinero, por lo que supuse que el consejero de Sir Hugo nos había mentido sobre la identidad del prisionero. Esta es la historia del prisionero:
“Hace ya unos 20 años la baronía estaba bajo el dominio de Sir Alric, y las gentes eran felices. Sir Alric tenía una hija, y el matrimonio era feliz a rabiar. Sin embargo una sombra empañaba tal felicidad: el hermano de Sir Alric, Hugo, no el actual gobernante, que es demasiado joven. Sir Hugo, el de ahora, es hijo del hermano de Sir Alric. Éste me ordenó a mí y a unos cuantos hombres que secuestráramos a la niña y que la abandonáramos muerta en el bosque. Sin embargo me apiadé de ella. O tal vez era egoísmo o miedo de perder mi alma con tamaña felonía. Así pues la dejé con cierto posadero que conocía. Ayudé al mantenimiento de la niña. Poco después de dejarla Sir Hugo tomó el poder, y desde hace poco su hijo, con el mismo nombre, le sucedió, tras la muerte de su progenitor envenenado. Desgraciadamente soy un aficionado a la bebida y, hace unos cuantos días, el consejero de Sir Hugo, en realidad es su alquimista; Sir Hugo tiene el deseo de hacerse invulnerable al veneno, se enteró de esta historia en un desliz. Y ahora vienes tú preguntando por la misma historia. Dime, si sabes algo, ¿la niña está bien?”
A pesar mío tuve que darle la noticia de que la heredera de Sir Alric murió de la peste el año pasado. En ese momento oí una risa sarcástica en el fondo de la habitación. Bruscamente me giré y vi surgir de las sombras a Sir Hugo, a su alquimista y a cuatro soldados del castillo. Entonces Sir Hugo me dijo “Gracias por la información”. En ese momento supe que debía de estar aliado con Satanás. Nadie, absolutamente nadie podría haber entrado en la habitación sin que yo lo oyera… a menos que ya estuvieran dentro. Tras este razonamiento miré a “Caracortada” y éste inclinó la cabeza, ocultando sus rasgos, apabullado. Me redujeron y me metieron en una celda con un tipo gordo, vestido como un cocinero. Unos minutos después, y tal y como yo suponía, Bastorrok y Elisa vinieron a hacerme compañía. Una vez encerrados Bastorrok me contó que estaba al lado de la cuerda esperando la señal para subirme. Viendo que tardaba mucho dio un tirón para advertirme. Al notar algo raro en la cuerda, la subió apresuradamente. La habían cortado. Segundos después seis soldados entraron en la habitación y los capturaron. Yo le conté lo que había averiguado. Después me di una vuelta por la celda y di una palmada. Sin equipo, sin armas, con sólo nuestras manos… era la hora de las fugas.
Los soldados habían demostrado el saber cumplir órdenes, pero no tenían mucha perspicacia, pues, como bien dije antes, mi fuerza no son las armas físicas, sino las espirituales. Apresté a mis compañeros a prepararse, incluyendo al verdadero cocinero, que era nuestro compañero de celda, y estaba encerrado por un supuesto envenenamiento de Sir Hugo. Invoqué una pequeña muestra del poder del Señor en forma de Espada de Fuego, una versión mucho menos poderosa de aquella arma con la que un Ángel expulsó a Adán y a Eva del paraíso. La usé contra la puerta de madera y comenzó a prender. Sin embargo, a pesar de la ayuda divina, el intento fue un fracaso. Auque la puerta quedó reducida a cenizas, el humo nos cegó, y Elisa y Bastorrok cayeron inconscientes por la falta de aire. El auténtico cocinero murió y yo no era rival para dos mercenarios curtidos en mil batallas, uno de los cuales además parecía tener un vínculo con Lucifer, pues lancé un conjuro que ningún ser humano puede dejar de ignorar y que lo habría paralizado, pero inexplicablemente falló, por lo que me rendí. Esta vez tuvieron más juicio y me arrebataron el enlace con mi Dios, el Crucifijo Consagrado. Una vez encerrados esperábamos la hora de nuestra ejecución al día siguiente, cuando Elisa sacó un instrumento de su maravilloso pelo que no creí nunca que pudiera poseer: una ganzúa. Tras un par de esfuerzos abrió la puerta de la celda. Con un gesto nos ordenó silencio, aunque no creo que hubiéramos podido hacer nada del pasmo que teníamos. Al cabo de un rato Elisa nos llamó. Cuando salimos de la celda la ví al lado de dos guardias muertos, con sendas dagas clavadas en sus espaldas. Tras dar las gracias efusivamente recuperé mi Crucifijo, para mí tan valioso como mi propia vida, y me hice con el mango de una lanza, pues me está prohibido luchar con armas cuyo objetivo sea el derramamiento de sangre, y lo bendije para que fuera más resistente y dañino. Bastorrok se hizo con una espada y Elisa recogió las dagas. Equipados de esta guisa partimos hacia el exterior. En unas escaleras nos encontramos con un par de mercenarios. Luchamos como leones y, gracias a la fuerza de Bastorrok, a la habilidad de Elisa y a mi inestimable ayuda y sabiduría logramos derrotarles y salir al patio… donde nos esperaban algo más de una docena de guardias del castillo y dos mercenarios que los comandaban. Nos miramos, aprestamos las armas y cargamos contra ellos.
Nota de fray Luciano de Loarca: éste es el último de los pergaminos donde se relatan las acciones de fray Alfonso. Estos pergaminos fueron traídos por un viajero francés que se dirigía a Santiago. Dado el tono y escritura de los manuscritos hemos de suponer que fueron escritos después de la huida del castillo de Moulberg. Si fueron escritos por fray Alfonso, eso ya no es tan seguro, a pesar del encabezamiento. Hemos de rezar al Señor para que fray Alfonso y sus compañeros continúen vivos… dondequiera que estén.