Capítulo 3: Un mundo de aventuras. Martín de Kiri-Jolith.
Salí del monasterio con escaso equipo, mucha fe y no cierta inquietud. Me dirigí al norte, tras decidirlo al azar. Al cabo de dos días de viaje llegué a una posada de cruce de caminos. Muy parecida a ésta, dicho sea de paso. Allí esperaba encontrar información de hacía donde dirigir mis pasos. Pensaba pasar un tiempo como sacerdote curandero en algún campo de
batalla, por supuesto sirviendo al lado cuya causa fuera lo más justa posible. Sin embargo encontré otra cosa muy distinta. Ya era noche cerrada y sólo pensaba en cenar y en dormir un poco. Cuando entré en la posada me sorprendió una trifulca de bar. Ya sabes: típico. Mientras observaba la situación, un palurdo me arrojó una jarra de vino. Manchó mi armadura. Suspiré profundamente y empecé a contar hasta 10. Al llegar a tres había cruzado media posada. A la altura de cinco había pillado una silla (tras desalojar previamente a su ocupante). Cuando llegaba al nueve me planté delante de mi necio contrincante. Creo que gritarle “¡diez!” en la cara le dejó más aturdido que el silletazo que se llevó. En fin, problema suyo. Cuando la pelea acabó me dediqué a atender a los heridos más graves. Y eso fue mi carta de presentación.
Al día siguiente partí junto a un extraño grupo de aventureros. Mis compañeros eran Anshin y Linshin, dos guerreras elfas gemelas, insaciables en el combate… y en otros tipos de lides. Puedo afirmar que lo hacían todo juntas. Y eran buenas. Muy buenas. Junto a nosotros viajaba un semielfo llamado Antón “Navajasuiza” McElroy. Nunca llegué a averiguar si era mago, ladrón, ilusionista o simplemente todo lo anterior. Y qué decir de Toby, un orco retrasado mental que nos hacía de mascota. Durante dos años nos recorrimos el continente de arriba a abajo, visitando los campos de batalla (y en el caso de Antón, los de posbatalla), viviendo y sufriendo aventuras, a menudo comunes, otras excepcionales y algunas ridículas en verdad. Nos separamos hará cosa de un mes. En nuestra última actuación cabreamos de verdad a un mago de cierto poder, por un asunto referido a cierto mensajero a una tribu hobgoblin que nunca llegó a su destino, y de ciertos asesinos (muy caros) que desaparecieron río abajo. Tú ya me entiendes. Tras ese desagradable, aunque necesario asunto, las gemelas se encaminaron al norte y Antón y Toby al suroeste. Y yo estoy aquí, más solo que la una buscando un destino y una nueva aventura. Por cierto, ¿te gusta mi maza?. Al mago también le gustaba. Tanto que se la dio al mensajero como tributo de buena voluntad hacia el jefe hobgoblin. ¿Verdad que es irónico que la tenga yo?
Capítulo 4: Un nuevo destino: Martín Ámbar.
Bueno, está casi todo explicado. ¿Casi?. ¡Ah, bueno, sí, mi sobrenombre actual!. Es una larga historia. El tipo de historia que se cuenta en el camino. Y es que quiero llegar a la ciudad antes de anochecer. (Ya andando por el camino) Verás todo empezó seis meses tras conocer a mi grupo, una noche tormentosa al pie de una colina, no muy lejos de aquí…
Capítulo 5: Amigos, enemigos y cosas variadas: Martín el “pesao”.
Así que quieres unos cuantos detalles, ¿no? Bueno, para empezar te diré que mi ex-señor feudal se llama Lord Ylander, un viejo guerrero, cruel y avaro. La alimaña de su heredero es Yonat, su hijo más o menos legítimo: una mala bestia sádica y de corazón retorcido. Ylander tiene una hija de 15 años, Lady Alinda. Educada en la ciudad y en la corte es, como suele suceder en este tipo de hogares, buena y dulce. Y no se entera de lo que ocurre a su alrededor. Siempre está con la cabeza metida en los libros. Su padre se frota las manos con la posibilidad de que su hija estudie magia. Personalmente dudo que salga maga. Por lo visto sólo le gusta leer, nada más. Además no le pega eso de ir lanzando bolas de fuego. Otro enemigo que podría señalar el Ludwig Rinn, el Capitán de la Guardia del castillo de Ylander. Juró que me mataría tras la paliza que
le propinamos en la guerra unos amigos y yo, cuando él sólo era un ambicioso oficial. Que espere sentado.
Ahora que lo pienso, Alinda se ha colado entre mis enemigos por error. De hecho, Alain, el otro superviviente de la guerra que pertenecía a Árbol Oscuro lucha clandestinamente en los bosques para colocarla en el trono del feudo. Lo cual implica cepillarse antes a su padre y a su hermano. Alain es lo que yo podría haber sido, si hubiera decidido permanecer en los bosques de mi tierra a luchar, en vez de ingresar en el clero. Pero K-J requería mis servicios, y a un dios no se le niega nada. Al menos por más de dos segundos. De todas formas si Alain precisara de mi ayuda, yo acudiría sin pensarlo dos veces, y creo que con el beneplácito de mi jefazo. Después de todo su lucha es una lucha justa, aunque por ella quemaran mi aldea nata, un crimen del que tendrá que responder Rinn ante Alain o ante mí.
No debo olvidar al viejo Prior Altashn, el cual lleva un monasterio cerca de la capital, en un área de bucólicos campos, tierras de pastos exuberantes, paz y armonía por doquier. Y eso mata a Altashn. El preferiría una zona de conflicto constante, con el monasterio asediado día sí, día no, no con la ocasional masacre de prácticas de una banda de estúpidos goblins, o de bandidos desesperados. Pero todos sabemos que disfruta con la paz y la tranquilidad. Pero no se lo digas nunca a la cara. En cuanto al monasterio, sigue el esquema típico de estos recintos: es un recinto amurallado, con un templo dedicado a Kiri-Jolith en el centro. A partir de este edificio se extienden otros: biblioteca, dormitorios, administración. Disponemos también de un pozo y de un huerto, donde nadie ha conseguido jamás hacer brotar otra cosa que no sean malas hierbas. Evidentemente la diferencia fundamental con otros monasterios es que el nuestro está preparado para la guerra.
De mi época aventurera sólo puedo reseñar a un enemigo: el mago. Nunca supimos su nombre, así que le llamamos con el mote que le puso Linshin: “Elmagopuñeterojoputadelcopónmaldito”. Y es que el jodío era (y es ) duro de pelar.