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La Torre de Zoltainer(.com)

Un blog de Rol

Los reviews de Dragonlance me trajeron al recuerdo este viejo personaje que, junto con dos magos túnica roja, dos guerreros, que acabaron siendo caballeros de Solamnia, una guerrera semielfa aficionada a los venenos, un explorador, también semielfo y, para nuestra desgracia, un kender, luchó contra los goblins marines, reventó varios caballos y participó en asedios que nunca debieron existir. Va por aquellos jugadores. Y por el Master. Y por el minotauro que se tiró torre abajo a ver si estaba.

1.- Nacimiento e infancia.PRELUDIO IIIA.jpg

Nací en el seno de una familia de caballeros de Solamnia hará sus buenos años ya. Mi padre, un caballero de la Corona, tenía un modesto puesto de guardia en Coastlund, a las orillas del mar. Al contrario que en tantas otras partes de Solamnia, mi padre se llevaba razonablemente bien con los pescadores que, se supone, que estaban a nuestro cargo. La razón de ello está en que mi padre, haciendo oídos “duros” (no sordos) al Código y la Medida había decidido adaptarse a tiempos modernos y creó una ruta comercial desde la costa hacia el interior, usando a los soldados y caballeros como guardias de caravana, y creando en Villaocaso, nuestro pueblo, un puerto razonablemente seguro, dado los tiempos que corrían. Y todo era paz y tranquilidad mientras yo crecía en una infancia dorada. Pero era Ansalon después del cataclismo. Y la paz y la tranquilidad nunca duraban demasiado.
Dicha paz acabó el día en que cumplía los 5 años. Ese día un barco desembarcó unos incursores un par de kilómetros al norte. Esos incursores llegaron al pueblo y arrasaron con todo por sorpresa. Destruyeron casas, vidas, familias… Esos incursores entraron y quemaron todo lo que pudiera arder del puesto de guardia: los tapices, los muebles. Mis padres. Todo acabó en una tarde. El pueblo ya no existía. El puesto de guardia no era más que una antorcha cuyos rojos fuegos nos iluminaban a los pocos hombres, mujeres y niños supervivientes, yo entre ellos, y a los incursores que habían surgido del infierno y de las leyendas. Los incursores eran minotauros. Y nosotros ahora éramos sus esclavos.


Tras un terrible viaje por mar llegamos a la isla de donde habían salido los minotauros, Kothas, y a su capital, Kalpethis. Allí empezó mi vida como esclavo. Lo único que pude salvar de mi infancia fue el medallón que me había entregado mi madre al yo cumplir los cinco años, un medallón aparentemente muy valioso con forma de dos lágrimas unidas, que se supone representaba a la antigua diosa Mishakal. En teoría debería haberme protegido y haberme dado salud, una especie de amuleto de buena suerte, había dicho mi madre. No lo hizo. Sin embargo inexplicablemente los monstruos astados no me lo quitaron, ni siguiera parecían reparar en su presencia. Ahora, años más tarde empiezo a comprender por qué.

2.- Esclavitud.

Los incursores me vendieron a un tal Kindraphes el Escriba, un viejo minotauro de vista débil que precisaba de unos ojos jóvenes y una mente maleable para proseguir con su trabajo. Cuando yo entré a su servicio estaba recopilando la historia de los clanes más importantes de la isla. De él aprendí a leer y escribir el común y a hablar el idioma minotauro (pero no a leerlo. Sería demasiado peligroso). Kindraphes era un entusiasta del circo y de la raza minotaura. Me llevaba cada dos por tres a los sangrientos espectáculos circenses, e incluso me enseñó a manejar el mangual. Así transcurrieron los primeros años de cautiverio. Hasta que 11 años después de mi captura Kindraphes descubrió unos puntos oscuros en cierto clan influyente y fue tan estúpido (o senil) como para comentarlos en voz alta en la taberna. Esa misma noche Kindraphes ardió con su casa y sus esclavos fueron vendidos al día siguiente. De los seis esclavos que éramos, cinco cambiaron de dueño simplemente. Yo, al ser el ayudante personal de Kindraphes (y por tanto aquél que podría conocer sus secretos, una tontería pues el viejo minotauro nunca me dejó saber más de lo estrictamente necesario) fui vendido al circo con instrucciones precisas de que muriera pronto.
Tres días después fui empujado a la arena. Mi adversario era un hobgoblin. Yo estaba desarmado y sin armadura. El combate prometía acabar pronto. Afortunadamente conseguí esquivar los primeros ataques. Hasta que un espectador, ya sea por compasión o, más seguramente, por ansia de sangre tiró un garrote a la arena, que yo me apresuré a recoger. El hobgoblin atacó de nuevo pero hice una finta y le abrí la cabeza de un solo golpe. Había ganado mi derecho a vivir un día más.
Y en eso se convirtió mi vida desde entonces. En ganarme el derecho a vivir un día más. Y para ello tenía que hacer cualquier cosa. Desde retirar los desechos de las bestias, hasta combatir en la arena. Con el tiempo los que me querían ver muerto me olvidaron, y yo proseguí con mi entrenamiento como gladiador. Me especialicé en el uso de la alabarda y aprendí a usar más armas. Formé parte de un grupo de gladiadores esclavos y combatíamos en auténticas batallas campales por la supervivencia, el honor y la gloria. ¡Vanas palabras en la arena, donde todo puede comprarse! Así pasaron los años hasta que llegamos al punto donde nuestro grupo de esclavos tuvo la oportunidad de comprar su libertad:PRELUDIO IIIB.jpg combatiendo por ella en la arena. Salimos confiados en que nuestro adversario sería otro grupo de esclavos como nosotros. Y nos quedamos de piedra al ver que era Kulthas, un campeón minotauro de la arena. Tal vez el clan Thaskeios no me había olvidado, después de todo. Por supuesto que luchamos. Sabíamos que no teníamos ninguna oportunidad, pero luchamos. Uno a uno mis compañeros fueron cayendo. Hasta que solo quedé yo. Aguanté todo lo que pude. Y lo maté. Parece increíble, pero lo maté. Cuando mi alabarda hendió la testa del minotauro supe que mi vida, aunque terriblemente amenazada, era mía por completo. Es una sensación que nunca se me olvidará. Me prometí a mí mismo que nunca más sería un esclavo. De nadie. De nada.
Tras recoger la recompensa generosamente reunida por mis instructores, embarqué en el primer barco que salía para el continente, sin nada más que mis ropas y el dinero que conseguí. El barco me desembarcó en una playa cercana a Flotsam. Ante mí se extendía una nueva vida. Una vida que pensaba disfrutar a más no poder.

3.- Mercenario.

Una vez en Flotsam, y tras equiparme adecuadamente, no sin dificultades, pues toda una vida de esclavitud entre los minotauros no te preparaba para enfrentarte a la sociedad humana, me dispuse a gastar mis últimas monedas en un lujo: una cena caliente, un baño y una habitación en una posada. Pero como siempre los problemas me estallaron en la cara. Debió ser mi expresión ingenua al entrar en la posada (nunca había estado en un lugar así). O tal vez otra cosa. El caso es que tres matones con armaduras de cuero negro y espadas cortas, mercenarios sin duda, pues en esa época Ansalon era un lugar peligroso, donde los brazos armados se contrataban con facilidad, comenzaron a acosarme. Yo quería comenzar una nueva vida, a ser posible sin empaparme de sangre en el primer día de mi auténtica libertad. Pero esos tres estúpidos no ayudaban mucho a evitarlo, hasta que un insulto realmente vil contra mi difunta madre, que me niego a reflejar en esta crónica, me sacó de mis casillas. Viendo que la alabarda era inútil en un sitio cerrado como era la posada enarbolé el mangual. Todo acabó muy rápido, con los tres imbéciles desnucados en el suelo. Con resignación, pero sin perder de vista al resto de los parroquianos, que habían contemplado la pelea sin intervenir, recogí la alabarda y mi equipo dispuesto a huir, luchando si era necesario. Pero sorprendentemente uno de los espectadores empezó a aplaudir. Al poco la posada era un clamor y muchos hombres me felicitaban por la hazaña. Según me fui enterando, entre brindis y brindis, esos hombres pertenecían a una banda de soldados que provenían de Khur. Se habían visto muchas como ésta en los últimos tiempos y se creía que alguien había organizado un ejército en las montañas de Neraka. La ciudad era “invadida” regularmente por estos grupos de soldados en busca de suministros y diversión, muchas veces propasándose. Y por fin alguien les había plantado cara. Amablemente el posadero (con un cierto parecido a un cerdo) se encargó de hacer desaparecer los cadáveres y me ofreció alojamiento gratuito. Al día siguiente embarque en el primer barco que salía del puerto, pasaje generosamente concedido por el capitán Haldford, uno de los que estaban aquella noche en la posada. En ese momento comprendí que no todos los combates tenían por qué ser malos. Además del dinero y del honor, uno podía luchar por aquellos que no podían hacerlo, para defenderlos. Así lo único que realmente sabía hacer bien podría servir para alguien más que a mí mismo.
Desembarqué en la populosa urbe de Palanthas, un bello lugar que siempre recordaré. Y es allí donde conocí al comandante Voltar Windmaker, un veterano de mil campos de batalla que había formado una unidad mercenaria de casi 100 hombres, una cuarta parte a caballo. Recomendado por el capitán Haldford, entré a formar parte de esa compañía a la vez que otro novato, de nombre Julius. Esa época de mi vida fue bastante satisfactoria, puesto que el comandante se dedicaba a defender pueblos y señoríos en toda Solamnia que, debido a la caída en desgracia de los caballeros, estaban indefensos ante las incursiones de los monstruos, humanos o de otro tipo. En la unidad de Windmaker aprendí a montar a caballo y otras habilidades que más tarde necesitaría, a la vez que trabé amistad con Julius. Según me enteré de él, era un noble expulsado de sus tierras por su codicioso hermano. No dejaba de hablar del día en que volviera a encontrarse frente a él y le hiciera pagar todas las ofensas cometidas. Julius era (y es) una buena persona en el fondo, pero tiende a entusiasmarse demasiado con las cosas, con el inevitable pago de las consecuencias más tarde.PRELUDIO IIIC.jpg

Y así podría haber transcurrido el resto de mi vida hasta mi tranquilo retiro si no fuera por Taldis. Taldis era una aldea del este de Solamnia, cerca de la frontera con Estwilde, en las estribaciones de las montañas. Habían tenido una cosecha muy buena y ese invierno parecía que todas las tribus goblins de las montañas se habían enterado, así que los ancianos de Taldis habían contactado al comandante Windmaker y a su valiente compañía para protegerles. Y todo fue bien hasta que llegamos a mediados de la fría estación. Habíamos tenido escaramuzas con los goblins en las que habíamos sufrido algunas bajas al principio, pero luego tuvimos una quincena de tranquilidad en la que el comandante llegó a pensar que los goblins habían encontrado en pueblo demasiado bien defendido como para asaltarlo y nos dejarían en paz. Grave error.
La fatídica noche yo me encontraba con Julius de guardia, congelándonos el trasero, como describió acertadamente Julius, en el puesto de la empalizada norte, cuando de repente el puesto de guardia que había en el este del pueblo dio la alarma. Rápidamente corrimos hacia allí y nos encontramos un aterrador espectáculo: casi un millar de goblins bajaban al pueblo. Los ocho guardias que allí nos encontrábamos nos preparamos para morir. Pero los monstruos tenían otras ideas. Se detuvieron a 100 metros de la empalizada y comenzaron a rodear el pueblo. El comandante comentó con voz sombría que no querían que nadie escapara. De todas formas la situación no era tan desesperada. Después de todo luchábamos mejor, estábamos mejor equipados y alimentados y manteníamos una buena posición defensiva. Pero nuestras esperanzas se vinieron abajo cuando, tras la primera oleada vino una segunda aproximadamente igual. Tras tomar posiciones, demasiado marcialmente para ser goblins cabezas huecas, atacaron. Nos arrasaron. Combatimos bien. Luchamos todo lo posible y aún más. Pero fue una masacre. Mercenarios. Aldeanos. Mujeres. Niños. Nadie era respetado. Nadie podía escapar. Salvo dos mercenarios. Julius y yo. Y todo gracias a la temeridad de mi compañero, pues decidió, ya cuando luchábamos en las calles del pueblo y Windmaker había caído, que si íbamos a morir, que fuera matando a los jefes de estas criaturas. Y al no tener yo una idea mejor, nos lanzamos contra los goblins, formando un equipo mortal. Yo con mi alabarda los mantenía a raya, y Julius mataba a los que nos atacaban por los flancos o por debajo de mi guardia. Y fuera suerte, o la intervención divina, nos encontramos tras las líneas enemigas, huyendo por nuestras vidas. Pero habíamos pagado un alto precio, pues mi amigo estaba gravemente herido. Tras recorrer varios kilómetros en una incipiente tempestad, encontramos una cuevecita donde refugiarnos. Pero ambos sabíamos que no pasaríamos de esta noche. La herida en el estómago de Julius era mortal. Y yo moriría de frío. Pero eso no me preocupaba. Lo único que veía ante mí es que no había podido salvar a los aldeanos, ni a mis compañeros. Ni siquiera podía salvar a mi amigo, que se desangraba ante mí. Y entonces ocurrió. Los detalles de cómo la diosa Mishakal se reveló ante mí, y como me concedió el don de curar son demasiado íntimos como para reflejarlos en esta crónica. Pero al día siguiente la tormenta había pasado y tanto mi amigo como yo estábamos totalmente curados. Julius nunca acabó de creerse la historia que le conté sobre cómo la diosa de la curación me había nombrado clérigo suyo. Pero jamás pudo negar mis dotes como sanador “milagroso”. Así que me guardó el secreto porque de no ser así posiblemente habría acabado en la hoguera. Pero ahora sabía que el colgante que mi madre me regaló en mi truncada infancia para protegerme era mucho más que un amuleto de buena suerte. Simbolizaba un futuro de esperanza para las gentes de Ansalon. Y simbolizaba mi destino. Con estos pensamientos Julius y yo nos dirigimos al norte, a Kalaman donde la vida continuaba.

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