Buscar

La Torre de Zoltainer(.com)

Un blog de Rol

Capítulo 3: El Templo de la Estatua de Oro.

De vuelta a la Torre de Alarian los compañeros recibieron una mala noticia: tras reponerse habrían de partir de nuevo, esta vez al Continente del Desierto. En algún lugar cerca de las volcánicas estribaciones del sur de los PUÃ?OROJO IIIA.jpgMontes del Anillo vivía el famoso Oráculo del Sur, cuya facilidad para predecir los posibles futuros era bien conocida. Tan poderoso mago había sido entrenado en la Torre de Alarian. Ahora era tiempo de que éste pagara una deuda de gratitud para con los habitantes de la torre, ayudándoles en su lucha contra Laurg y sus huestes. Sin embargo tan formidable ayuda vivía muy lejos y en una tierra muy peligrosa. Para acceder a su morada se precisaba de unos aventureros expertos y curtidos. Y lo más remotamente parecido a ello eran (y son) aquellos héroes que se rieron (?) de Laurg y que quemaron su base de operaciones (más por seguir sus instintos piromaniacos que por hacer algún bien). Esto a los compañeros no les hizo mucha gracia. Abandonar la lucha de resistencia para pedir la ayuda de un mago loco que vivía en el grano del culo del mundo no era precisamente su ideal. Pero una mirada a las pobres gentes que se apiñaban en lo que, posiblemente, era el único refugio seguro del país les convenció de que necesitaban ayuda urgentemente. Así pues los Héroes de Shaundarin, como se les llamaba, descansaron un par de días, se recuperaron e hicieron sus bártulos para un viaje largo e incierto. P. Rufiki dejó a sus dos Kobolds al cuidado de los magos. Knup se llevaría cinco hombres, dejando al resto bajo las órdenes de los magos de Alarian. Una vez preparados partieron hacia el sur, a un pueblo donde les esperaba una embarcación. Semana y media después ponían rumbo a Lastner, uno de los pocos puertos practicables al norte de los Montes del Anillo.

Sin embargo no todo iban a ser rositas. La mano del mal tiene un gran alcance, y esta no iba a ser la excepción. A medio camino los compañeros fueron atacados por una banda de demonios del mar y de ogros acuáticos. Consiguieron rechazarles, pero no sin sufrir cuantiosas pérdidas: todos los enanos subordinados de Knup habían muerto. Cuatro días después atravesaron el Estrecho de los Dioses y llegaron a Lastner. Uno de los pocos puertos francos existentes al norte del Continente del Sur, no era más que una aldea pobretona. Por lo visto los comerciantes preferían puertos como Pixos y Raihos, situados más al oeste. Pero este hecho convenía a los héroes, pues sin duda esos dos puertos estarían llenos de espías del Puño Rojo. La aldea de Lastner estaba siendo chantajeada por un gigante de las colinas. La llegada de los aventureros que eran conocidos como los Héroes de Shaundarin venía a los habitantes como anillo al dedo. Tras un violento (y vergonzoso) combate el gigante fue derribado y destruido. Poco después, y siguiendo las indicaciones de los lugareños, partieron hacia el sur, donde se encontraba la Torre del Oráculo.

Días después atravesaron una serie de aldeas destruidas y a lo lejos vieron una columna de aceitoso humo negro. Llegaron a donde provenía: una colina agujereada de cuevas. Mientras proseguían con su sigilosa investigación vieron entrar en la colina a un buen número de humanos y enanos de las colinas atados con cadenas y custodiados por otros humanos vestidos con extrañas túnicas blancas bordadas con oro. Sería bonito decir que los compañeros asaltaron la Colina de Keolzhun para liberar a los esclavos de su miseria, pero en realidad lo hicieron para liberar a los esclavistas de su riqueza. Entraron en las bien iluminadas cuevas, matando a todo aquel que se pusiera en su camino. Sin embargo, PUÃ?OROJO IIIb.jpgsegún iban avanzando, quedaba más patente que esto no era un refugio de esclavistas, sino una especie de templo dedicado a una deidad guerrera, hasta ahora desconocida. Por fin llegaron al punto central del templo: una sala de más de 20 metros de alto por otros tantos de diámetro. En un extremo se hallaba una enorme estatua de oro, representando a un fiero guerrero sin armas y con una coraza parcial, de poco menos de 12 metros de altura sentada. A la altura de su estómago se hallaba un enorme horno donde se fundían ingentes cantidades de oro, que luego caían en brillantes e incandescentes chorros hacia moldes de lingotes, manejados por sudorosos forjadores enanos esclavizados. Que el fuego no afectara a la estatua era bastante raro, pero los ojos de los héroes se fijaban en los lados de la estatua, donde dos grandes montones de lingotes de oro reposaban esperando su transporte (o su saqueo). El que hubiera un montón de figuras vestidas con túnicas (por lo visto sacerdotes) y de guardias no les iba a detener. Debido al ruido que reinaba en la sala  los compañeros no habían sido descubiertos todavía. Pero un extraño espectáculo les paró los pies (cascos en el caso de P. Rufiki): una hilera de jóvenes adolescentes humanos y enanos de ambos sexos, desnudos y cubiertos de extrañas y provocativas pinturas, era conducida por unos cuantos sacerdotes. En ese momento, en un estrado junto a la cabeza de la estatua gigante apareció el que parecía ser el sumo sacerdote. Rugió una orden en un dialecto sureño y señaló a una bella humana de pelo moreno. Dos acólitos la cogieron y, ante el horror de los compañeros, la arrojaron a las ardientes llamas del horno. Misericordiosamente murió casi instantáneamente.
 
Por fin los compañeros demostraron tener algo de humanidad (un centauro, dos elfos, un enano y un semielfo; tal vez la palabra exacta sea compasión o ira) y atacaron con esa peculiar estrategia que les hacía tan únicos: meterse de frente con lo que sea y dejar que las armas hablen por sí solas (para lectores menos habituados a las florituras del lenguaje “curto”, entraron a saco y a masacrar). Tras algunos minutos de combate el sumo sacerdote empezó a incordiarles con una serie de conjuros. Velar, que por definición era la antítesis del combate, trepó por detrás de la estatua y ató una cuerda a la barandilla del estrado, armándose luego con el garfio de esa cuerda. P. Rufiki, harto del clérigo le dijo: “Mira, yo también sé”. Y le arrojó una llama incandescente desde la palma de su mano. El fuego no tardó en adueñarse de las ropas del malvado, distrayéndole. Distracción que aprovechó Velar para clavarle el garfio en sus tripas y, de un empujón, arrojarle al vacío. Como el garfio aún seguía unido a la cuerda que estaba atada a la barandilla, a los 5 metros ésta se tensó, desgarrando los intestinos del sumo sacerdote, que poco después aterrizaba en el suelo con un golpe sordo. Pero, ante la horrorizada vista de los héroes, el villano se levantó. Todavía seguía envuelto en llamas, con sus desgarradas tripas colgándole y los huesos rotos sobresaliéndole de todas partes. Aún así el sumo sacerdote hizo ademán de acercarse a los compañeros, pero las espadas de Knup y Brau le libraron de su agonía. Con todo aún retuvo aliento suficiente para decir: “Habéis cometido un grave error. ¡Mi alma para mi señor Arcaidel!”. En ese momento la gigantesca estatua de oro tembló y, ante la asombrada y horrorizada mirada de los héroes se puso de pie. Con un sordo rugido cargó contra los pocos sacerdotes y guerreros del templo escupiendo oro fundido y enormes bolas de fuego. Al momento no quedaba nadie vivo en la sala, si se exceptúa a los compañeros. P. Rufiki, Knup y Brau idearon un plan para salir del templo llevándose con ellos bastantes lingotes de oro. Convencieron a Brau para que entretuviera a la estatua, mientras que Knup y P. Rufiki metían todo el oro que pudieron en las alforjas de este último. Velar en estos momentos se descolgaba a toda prisa por el brazo de la estatua, intentando salvar su pellejo, cosa que consiguió sólo en parte. El plan funcionó durante casi medio minuto, hasta que el gigante de oro le metió una patada a Brau. Que un bicho de 15 metros de altura te patee hace que te sientas ligeramente indispuesto. Y Brau no iba a ser menos. Poco después el grupo conseguía salir de la caverna principal. Brau se restableció un poco tras unos cuidados intensivos del centauro sacerdote.
Cuando salieron del templo, que, como suele suceder en estos casos, se estaba derrumbando, se encontraron cara a cara con una veintena de guerreros y sacerdotes del, ahora destruido, templo, que querían vengarse. Al cabo de un rato los héroes siguieron su camino hacia el sur con sus mochilas y sacos repletos de tesoros, algunos de ellos mágicos. Atrás quedaba un templo destruido, unos sectarios muertos y una gigantesca estatua de oro enterrada en los escombros que rugía de desesperación. Como apunte final de este lance hay que señalar uno de los pocos registros que hay sobre la competencia entre Brau y Knup. Al finalizar con los sectarios Brau había ganado por el estrecho margen de un sacerdote destruido más que Knup. Algo que el elfo guardabosques le recordaría al enano durante mucho tiempo.

Something to say?