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La Torre de Zoltainer(.com)

Un blog de Rol

Nací en el pueblo de Insteval, un burgo de más de 100 familias situado cerca de las montañas. Demonios, en mi país todo está cerca de las montañas. Tengo que puntualizar algo sobre mi nacimiento: soy un semielfo. Mi madre Alin de Insteval era (y es) la hija dePRELUDIO VA.jpg un rico comerciante, mi abuelo un pionero en los negocios con los enanos de la montaña. Como se puede suponer ella es humana. Un día mientras estaba viajando su caravana fue asaltada por un grupo de bandidos elfos grises. Mi madre fue violada y yo soy el resultado. Al menos esta es la historia que ella nos cuenta. Sin embargo yo la he sorprendido un par de veces mirando a la lejanía con nostalgia, lo que me hace pensar que no soy tan ilegítimo como a ella le gustaría.

A los seis años de edad vi como mi madre se marchaba de aventuras, dejando el negocio familiar en manos de mi abuela, ya que mi abuelo había muerto al nacer yo. Nos contó que se iba a buscar a mi padre o, y lo dijo acariciando su daga, una parte vital para él. Ya por entonces daba yo muestras de mis peculiares habilidades: aprendía fácilmente, conocía los mejores escondites de la casa y muchas veces me pescaron en los sitios más insospechados escuchando conversaciones. Bajo los mimosos cuidados de mi abuela me fui “torciendo” cada vez más. Me junté con una alegre pandilla de muchachos del pueblo, tres para ser exactos: Anton McElroy, otro semielfo, hijo de semielfos, Elais, una hermosa muchacha que crecería para convertirse en una hermosa mujer y Bolnak, el segundo hijo del herrero del pueblo, fuerte, hábil y sensato, nos salvó más de una vez de nuestras tonterías. Nosotros cuatro formamos un grupo donde la fuerza bruta no determinaba el liderazgo, como suele ser habitual en pandas pre-adolescentes. De hecho no había un líder entre nosotros. Y en este ambiente relajado transcurrió mi infancia.

Ya adolescente ocurrió uno de los hechos que cambiarían mi vida. Una de las actividades que realizaba mi grupo era la de explorar unas pequeñas ruinas cercanas, ruinas que los aventureros locales habían explorado ya mil veces. La primera impresión nos decepcionó: ningún monstruo asesino escondido, ningún tesoro enorme esperando ser rescatado. Sólo un par de alimañas. Sin embargo, tras una búsqueda preliminar encontramos un valioso tesoro: una habitación secreta, descubierta gracias a las habilidades de Anton y mías, de apenas 3×3 metros, que contenía una veintena de libros en buen estado, que fueron rápidamente trasladados a la biblioteca de mi casa. El verano de ese año fue uno de los mejores de mi vida. Anton y yo nos pasábamos horas entre esos libros, la mayoría escritos en la lengua de nuestra tierra, algunos en elfo y otros en antiguas lenguas. El que más nos llamó la atención fue uno escrito en un idioma que no podíamos traducir. Anton no le dio demasiada importancia, pero yo lo estudié para dar un significado a lo que parecían sílabas sin sentido. Un día estábamos jugando al juego del rescate de la princesa. Anton y Bolnak hacían de héroes, un ladrón y un guerrero respectivamente, Elais de princesa y yo de mago malvado, una broma a mi tendencia a enfrascarme con el extraño libro. En pleno apogeo de la “batalla” y pronuncié unas palabras aprendidas del libro. Una pequeña esfera de luz surgió de mi mano y golpeó a Bolnak en el pecho, disipándosPRELUDIO VB.jpge cuando lo tocó. Todos nos quedamos boquiabiertos. Aunque sólo fue un conjuro de Cantrip, estuve atormentado una semana creyendo que le había lanzado algún tipo de maldición. Eso hizo que Anton y yo estudiáramos con ahínco lo que sin duda era un libro de magia. Con la ayuda de una especie de diario que estaba entre los veinte libros rescatados localizamos y aprendimos a usar el Leer Magia, lo que nos facilitó enormemente nuestra labor. Ahora nuestras batallas imaginarias veían reforzado su realismo por todo tipo de Cantrips.

Pasó el otoño y luego el invierno, que nos pasamos discutiendo un importante tema: constituir un grupo aventurero. Anton, Elais y yo teníamos ciertas habilidades como amantes de lo ajeno. Además Anton y yo podíamos lanzar magia. Bolnak sería nuestro protector en caso de combate. Acordamos en que éramos demasiado jóvenes para ir por nuestra cuenta, teníamos el que más 16 años. Así cuando llegó la primavera nos unimos a unos feriantes. Durante tres años recorrimos el reino de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de superficie a (al menos una vez) subterráneos. Complementábamos nuestra paga con los diversos hurtos que hacíamos a los ricos para dárselo a los pobres. Nosotros éramos pobres, dicho sea de paso. Elais era la experta en habilidades físicas, Anton en los temas de bolsas y percepción, y yo el revienta cerraduras, descubre-trampas y erudito en lenguas. Bolnak nos salvaba el culo si las cosas se ponían calientes.

Por fin volvimos a nuestro pueblo, cansados de aventuras, pero felices de haberlas corrido juntos. Sentados en una mesa de la taberna “El Enano del Casco de Oro” (o el Enano como era conocida), donde tantas veces habíamos hablado de nuestros sueños, ahora hablábamos de nuestro futuro. Bolnak, tras las aventuras vividas, deseaba quedarse en el pueblo a ayudar a sus padres y hermanos, a casarse y tener una familia y vivir una vida tranquila. El buen y sensato Bolnak, cuánto te envidié algunas veces. Elais iría a Libenfort, una ciudad situada al sur del reino donde había conocido al joven y atractivo Lord Frengal de Libenfort, hijo del Conde de Libenfort, quien la había pedido en matrimonio un par de meses atrás. ¡Ah, el amor! Anton dijo que había conocido a un par de gemelas elfas grises llamadas, Anshin y Linshin, y que se iba a ir con ellas al sur en busca de aventuras y un clérigo para formar una compañía aventurera (en una de sus cartas posteriores me contó que encontraron al clérigo, un tal Martín de Kiri-Jolith, que volvía locas a las elfas). Así pues quedaba sólo yo por hablar. En ese momento entro Larph, nuestro fiel mayordomo y me dijo que mi madre había regresado haría unos minutos. Entonces con una sonrisa, levanté la copa. Mire a mis amigos y les dije: “Creo que mi futuro serán los negocios familiares”. Apuré la copa y salí corriendo. Sin pagar por supuesto.

Por fin tras trece años me reencontré con mi madre. Había cambiado mucho. Ya no era la tímida jovencita que salió en busca de su violador elfo (al que no encontró. O al menos eso dice ella). Ahora era una mujer hecha y derecha y, como pude comprobar más tarde, una magnífica guerrera. Tras contarnos nuestras peripecias ella procedió a enseñarme una profesión más honrada. El arte de los luchadores. Y creo haber aprendido bastante bien ese arte, aunque a mi madre nunca le gustó ese aire picaresco que le daba a mis luchas. Al poco tiempo murió mi abuela, con lo que mi madre y yo nos encargamos de los negocios de la familia Dercálem.

Al año siguiente de volver mi madre conocí al que iba a ser mi mejor amigo. Lo encontré en la feria de primavera, cuando acompañaba a Bolnak a arreglar una carreta, custodiando un puesto de objetos de herrería enanos. Bolnak me llamó la atención sobre él y se preguntó que demonios hacía un forjador de armas custodiando un puesto de cerraduras, arados, etc. Le pregunté a Bolnak cómo demonios sabía que ese enano era un forjador de armas y no un herrero. Me contestó moviendo sus dedos delante de mí. Y comprendí. Un herrero normal no era tan fuerte y tenía más agilidad con los dedos. Entonces Bolnak se separó de mí diciendo que volvía al trabajo honrado y yo le despedí con una alusión muy directa a su cerebro. Las bromas de siempre. Deseando desentumecer mis dedos después del invierno me dirigí al puesto. Al acercarme vi que el enano estaba leyendo un libro enano (es decir, con páginas de piedra): el Catecismo de Reorx. Extrañado ante esa lectura entablé conversación con él y me pregunté si las cerraduras enanas eran las mejores. El me miró y empezamos una discusión sobre la calidad de algunas cerraduras. En cierto momento me retó a comprobar las cerraduras, apostándose una moneda de oro a que no podría abrir una. En un minuto la había abierto. En cinco todas las del puesto. Tras pagarme (a regañadientes) la moneda le empecé a explicar el mismo fallo recurrente en todas las cerraduras. Cuando vi que el tío se estaba calentando mucho cambié bruscamente de tema y le pregunté que hacía un forjador de armas en un puesto de herrería. Se sorprendió bastante al ver que reconocía la diferencia, y comenzamos a hablar de forma mucho más amigable. Unas horas después me fundí mi recién ganada moneda en cerveza de calidad (a 5 monedas de cobre la pinta). Así nació mi amistad con Murgan hijo de (espera, siempre me lo dice, pero nunca me acuerdo. ¿Empezaba por “p”? Está bien, está bien no cojas el hacha, era una broma). A principios del verano partí petate al hombro y armas al cinto a encontrarme con Murgan y disfrutar de grandes aventuras por los parajes del continente, pero con la promesa de volver si mi madre tuviera problemas.

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LOS ÚLTIMOS DETALLES.
De mi deambular con Murgan he adquirido unos conocimientos muy provechosos. Para empezar que Murgan y yo nos complementamos perfectamente. El mata y cura y yo le apoyo con mis conjuros y llego a sitios donde a él le es imposible llegar (por ejemplo a hablar con alguien sin intentar convertirle al sendero de Reorx). Somos la típica pareja que siempre funciona bien. Murgan de Reorx, el Evangelizador y Harkul Dercálem, el Poderoso. Murgan el fuerte, Harkul el rápido. Murgan el impulsivo, Harkul el paciente.

Ahora bien. Éste es mi pasado. Pero ¿cuáles son mis motivaciones? Son sencillas. Ser un mago poderoso y respetado, con una cuantas habilidades inusuales. Encontrar a mi padre y preguntarle la relación exacta que tuvo con mi madre (quitando lo evidente). Proteger a Murgan de sus propios impulsos suicidas. Vivir aventuras y algún día regresar a casa para contárselas a mis amigos, hijos y nietos.

Por cierto adoro a Reorx. Fue una conversión necesaria (aunque sincera) para evitar el sendero que me marcaba el hacha de Murgan. Ni yo se qué hacer con un dios como Reorx ni, estoy seguro, Reorx sabe que hacer conmigo. En todo caso nos guardamos un silencioso (y embarazoso) respeto.

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